Dejaros llevar por el contenido de este blog, introduciros en mi mundo, olvidaros de todo y empezad a soñar conmigo.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Capítulo 9 (Un puente hacia la libertad)


         Me desperté al día siguiente cuando ya había amanecido. Estaba sola, tumbada en el suelo, y Rayo no estaba conmigo. Le busqué y le vi bebiendo agua junto al río. Me acerqué a beber yo también y sentí que me rugían las tripas de hambre. El potro me dio envidia cuando le vi comer. Busqué en los bolsillos de mi chaqueta y descubrí una barra de Kit-Kat. Me la comí ferozmente, aunque sólo me quitó el hambre por muy poco tiempo. Rayo se agachó para que pudiera subirme y esta vez no salió al galope. Iba al paso tranquilamente y ya empezaba a entender cuando le pedía paso y cuando le pedía galope. Seguimos el curso del río y media hora después llegamos a un gran lago. Me bajé del caballo y decidí darme un baño. Mientras me estaba bañando, alguien me salpicó. Me asusté y me volví para ver quién había sido. El travieso potro se había metido en el lago y me había salpicado. Me reí y le salpiqué yo también. Nos enzarzamos en una pelea de agua, aunque él siempre me ganaba porque salpicaba más fuerte que yo. Nos divertimos mucho y no nos dimos cuenta de que el tiempo pasaba.
         Volví a sentir hambre, mis tripas me pedían comida, pero yo no tenía. De pronto, el potro echó a correr. Le dije que esperase, pero no me hizo caso. Le intenté seguir, pero él era mucho más rápido que yo y se perdió entre la espesura del bosque. Me senté en la orilla del río. Pensé que ya volvería, ya que no tenía adonde ir. Sin embargo, al cabo de unos minutos, me eché a llorar, perdí toda esperanza de que volviera, pensaba que me iba a morir de hambre…Y de pronto, escuché un relincho lejano, pero potente. Varios segundos después, oí el sonido de unos cascos galopando y me di la vuelta. Era Rayo y llevaba dos manzanas en la boca. Me las dio y me las comí rápidamente porque tenía mucha hambre. Era increíble cómo un potro de apenas 2 años había averiguado que yo tenía hambre y me había traído dos manzanas.
         Ya no tenía hambre, pero Rayo me llevó junto a un árbol lleno de manzanas. Allí nos quedaríamos. El río estaba cerca y los árboles tapaban los rayos del sol que me hacían daño a los ojos. Me quedé dormida allí, con Rayo, justo después de poder contemplar el maravilloso atardecer.
         Me desperté al día siguiente, y como siempre, Rayo estaba bebiendo en el río. Comimos manzanas del árbol y galopamos por una pradera que estaba a unos minutos. Como siempre, nos bañamos en el río. Así fueron los siguientes días. Fue una etapa muy feliz de mi vida. Era como una rutina. Siempre lo mismo. Al principio lo disfrutaba. No echaba de menos a nadie, nadie me quería, nadie me cuidó en el pasado. Así que era como que no tenía seres queridos. Ni siquiera mis padres me cuidaron. Estaban siempre trabajando y no me ayudaban en los deberes, ni me decían buenas noches, ni me daban cariño. Por eso no echaba de menos a nadie. Estábamos Rayo y yo juntos, era lo que siempre había querido. Y ahora que estábamos juntos, me empecé a aburrir un poco. Seguía queriendo a Rayo, por supuesto. Pero quería empezar a entrenarlo, quería aprender yo también, además, no tenía a nadie con quien hablar, estaba sola, menos por Rayo. Sé que él me respondía, pero necesitaba hablar con alguien, que me respondiera con palabras, necesitaba una presencia humana en quien poder confiar.
         Un día, noté a Rayo nervioso. Estaba agitado, se movía constan-temente, y, aunque le llamaba, corría nervioso de acá para allá. No sabía qué hacer, no sabía por qué estaba así. Y pronto, oí unos pasos no muy lejanos. Y luego un disparo. Rayo no pudo más y echó a correr, perdiéndose en la espesura del bosque y dejándome completamente sola y abandonada en el bosque. Vi a un hombre, con barba, y una escopeta. Estaba cazando y había asustado a mi caballo. Me gritó:
         -¿Qué haces aquí, niña?
         -¡Has asustado a mi caballo!
         -Oh, perdona, no sabía que había caballos aquí. –Dijo con sarcasmo y me enfadé.
         -No te perdono.
         -Será mejor que vengas al pueblo conmigo. ¿Cuántos años tienes?
         -7. Y no me voy a ir de aquí sin mi caballo.
         -Mira, niña, ahora estás bajo mi responsabilidad y te vas a venir conmigo, lo quieras o no. Olvida a ese estúpido caballo y vámonos.
         -¡No es estúpido! ¡Es mi caballo y lo quiero mucho!
         -Vaya, eres testaruda, ¿eh?-Me cogió del brazo, haciéndome mucho daño, y me llevó casi arrastrándome hasta lo que era su vehículo. Forcejeé, me intenté liberar, grité, pero nadie me oía y no conseguí nada. Dejé de resistirme, no servía para nada. Estaba cansada y me dolía el brazo.
         -Me has hecho daño. –Le dije.
         -Las niñas que no hacen caso reciben su castigo.
         -Tenía mis motivos. Yo salvé a ese caballo de la muerte y le he cogido mucho cariño. Es mi amigo, el único amigo en quien puedo confiar.
         -Eso sólo son chorradas.
         -Nadie me comprende. –Bajé la cabeza.
         -Conozco a alguien que quizá sí te comprenda…Tengo una hija de más o menos tu edad…-Me parecía raro que un hombre tan mayor tuviera una hija tan pequeña, pero al fin y al cabo, puede que no fuese tan mayor.
         -¿La gustan los caballos?
         -Los ama. No sé de dónde le ha venido esa afición, es algo muy extraño, yo no comprendo nada, pero, al fin y al cabo, tiene libertad para hacer lo que ella quiera, no puedo elegir su destino, sólo puedo intentar guiarla hacia el camino más adecuado.
         -Comprendo. –Oí un relincho lejano y unos cascos y los reconocí al instante: era Rayo que estaba buscándome y por fin me había encontrado. Le dije al cazador:
         -¡¡¡Para!!! ¡¡¡Es mi caballo!!! –Me di la vuelta para ver si podía verle o si estaba muy lejos todavía. Se le veía a unos 10 metros del coche. Estaba galopando con todas sus fuerzas para alcanzarnos. El conductor no bajaba la velocidad a pesar de mis advertencias. Como no me hacía caso, le arañé y le mordí. Apenas lo notó. Le pegué una patada en la espinilla y el coche dio un volantazo. Caí otra vez en mi asiento. Me incorporé y traté de darle más patadas, arañazos y mordiscos con todas las fuerzas de una niña de 7 años. Nada dio resultado. Decidí pisar el freno a pesar de que el acelerador estaba en marcha. El coche emitió un sonido raro y bajó la velocidad, aunque no llegó a parar del todo. Entonces fue cuando el conductor dijo:
         -¿¿¿!!!Eres tonta!!!??? ¡Podrías haber roto el coche y no tenemos dinero para comprar otro!
         -Pues vais a tener que comprar otro como no pares.
         -Cuando pare te voy a dar unos azotes…ya es hora de que aprendas.- El coche recuperó su velocidad pero Rayo estaba muy cerca, galopando a la misma velocidad del coche, que no era mucha, ya que teníamos que ir despacio para evitar los baches y la vegetación del bosque. Seguimos así, hasta que los árboles se empezaron a despejar y comenzó a verse a lo lejos unas casitas bajas. Rayo estaba sudoroso y cansado, pero no conseguía parar el coche y tenía miedo de que el viejo me pegara. Decidí que le vendría bien un poco de entrenamiento.
         Cuando llegamos al pueblo, el coche bajó la velocidad notablemente, para alivio de Rayo. Empezó a trotar mucho más alegremente y descubrí que había algo más que “las casitas”. Era un pueblo bastante grande para ser un pueblo, casi parecía una ciudad, aunque había pocos coches. Llegamos a una casita de madera, bastante pequeña y que no tenía muy buen aspecto. Entramos y descubrí a una niña, no muy bien vestida, y a una mujer con un delantal sucio y viejo que estaba cocinando.
         -Estas son mi mujer y mi hija. María es mi hija, si quieres puedes irte a jugar con ella.
         -Hola, María.-La dije alegremente.
         -Hola,…ejem…
         -Marta.-Me reí.
         -¿Te gustan los caballos?
         -Me encantan, pero la gente no me acepta sólo porque me gusta montar a caballo. De hecho, tengo a mi caballo ahí fuera. Me estará esperando seguro. Vamos a verle.-Salimos de la pequeña y sucia casa pero no encontramos a Rayo por ninguna parte. Y justo, cuando me estaba desesperando e iba a gritar sonó un potente relincho detrás de mí, que casi me deja sorda. Me di la vuelta, asustada, pero cuando comprobé que era Rayo me reí y no pude parar. Al parecer, a María también le pareció gracioso y se echó a reír conmigo.
         -¿Es tu caballo?
         -Bueno…no legalmente, pero se podría decir que sí.
         -¿Cómo es eso?
         -Pues es un potro y no está domado, le querían matar porque se comportaba mal, pero yo le salvé y le traje aquí.
         -Vaya, eres muy valiente.
         -Cuando no tienes a nadie que te quiera, eres capaz hacer locuras por salvar a un preciado animal que es el único que te quiere y que confía en ti. ¿Tú montas a caballo?
         -No…-agachó la cabeza en señal de tristeza.-Me encantaría poder aprender, pero mis padres no tienen dinero para pagarme las clases.
         -Yo te puedo enseñar si quieres. Pero antes tendría que domar a Rayo, él sólo confía en mí y si alguien más se sube y él se da cuenta, te tirará. Además, necesito el equipamiento adecuado para montarle. ¿Sabes si hay algún club hípico por aquí cerca?
         -Guau. Hablas como si llevaras toda tu vida montando a caballo. Y…Sí. Siempre me acerco al club para a los caballos, aunque me echan, porque dicen que soy una niña entrovertida y que me ocupe de mis asuntos. Pero para mí, mis únicos asuntos son los caballos.
         -Te entiendo. Pues llévame allí.-Aproximadamente, llegamos en un cuarto de hora a pie. Cuando llegué, me llevé una sorpresa. El club hípico era enorme. Tenía un edificio de 5 plantas, no sé para qué; tenían tres pistas, una circular para dar cuerda, otra de doma, con la valla muy baja, y otra más grande, para salto y para aprender a controlar al caballo. Además de eso, había otro edificio muy grande, donde estaban las cuadras y donde guardaban todo el equipamiento. Le dije a mi amiga:
         -Guaaaaaaau.-Me quedé con la boca abierto y María se rio. Una adolescente estaba montando a un precioso caballo en la especialidad de doma. Iban los dos muy elegantes. Otra pareja estaba entrenando en la pista de salto. El caballo estaba sudoroso, pero era precioso. Un señor de mediana edad, de unos 40 años más o menos, se acercó a nosotras al ver al potro que nos seguía sin cabezada.
         -¿Qué hacéis aquí con este magnífico potro? ¿Acaso es vuestro o lo habéis robado?
         -¡Claro que es mío! –Contesté indignada.
         -¿Está domado?
         -No, sólo deja que le monte yo, pero nunca le hemos puesto ni silla ni bocado.
         -Entonces vamos domarlo. Este ejemplar llegará muy alto.-Mientras le poníamos la cabezada, le fui contando quiénes eran los padres de Rayo, cuántos años tenía, su historial médico y toda la información que necesitaba. Él hizo un informe.
         Empezamos a dar cuerda a Rayo. Al principio se comportó bien, luego se empezó a aburrir y a hacer lo que quisiera: dar coces, ir por donde quisiera en vez de por donde yo le indicaba…Le dije al hombre:
         -Hacía esto mismo en el club donde le intentaron domar. Al final descubrí que estaba triste porque no tenía amigos y era el único potro.
         -Si es eso lo que le preocupa, tenemos aquí unos cuantos potros. Si quieres les podemos soltar y mañana le intentamos dar cuerda otra vez.-Me sonrió.-Hicimos eso mismo. Rayo hizo muchos amigos, no sólo con los potros, sino también, con los caballos más veteranos y con las yeguas. Descubrí que detrás del gran edificio había 13 kilómetros cuadrados me paddocks. Soltamos allí a todos los caballos que estaban en las cuadras. Rayo se lo pasó muy bien. Le pregunté al señor:
         -¿Para qué es ese gran edificio?
         -Esto es un instituto/universidad, donde por las tardes se preparan jinetes para el mundo de la competición. Aquí llegan jinetes y salen campeones, igual pasa con los caballos. Por las mañanas, dan clase normal, como si fuesen a un instituto y por la tarde, están en clases de equitación donde aprenden para el mundo de la competición. Pero es sólo a partir de 13 años, ya que tienen que dejar atrás a toda su familia, sólo les pueden visitar los fines de semana a las 17:00.
         -¡Me encantaría ingresar aquí!
         -Eres demasiado pequeña, ¿cuántos años tienes?
         -7.
         -¿Cuánto llevas montando?
         -Sólo 3 meses, hace más de un año que no voy a clases, pero he venido galopando a pelo desde un sitio muy lejano encima de un potro que ni siquiera estaba domado, dejando atrás mi cruel pasado, donde nadie respetaba el deporte de la equitación.
         -No presumas, niña, aún te queda mucho por aprender.
         -Ya lo sé, y por eso quiero ingresar aquí, por favor. –Supliqué.
         -Si tantas ganas tienes…puede que te deje. Pero tendrás que cumplir los 10 años al menos.
         -¿Tres años? ¿Me está tomando el pelo?
         -No es para tanto, pero mientras tanto, podrás montar a tu caballo las veces que sea, en cuanto esté domado.
         -Eso me consuela un poco.
         -Pues ya está. Ahora vete a casa. Dejaremos a Rayo aquí, y en cuanto anochezca le meteremos en una cuadra para que pueda dormir tran-quilamente.
         María y yo nos fuimos a casa, no sin antes, despedirme de Rayo. Durante el camino a casa le pregunté delicadamente por la situación económica de la familia. Me respondió:
         -En este pueblo se vive bien, pero mi madre no tiene trabajo, sólo mi padre trabaja. Pero le pagan poco y tiene que ir a cazar a menudo para darnos comida y ropa. El bosque está lejos, pero al menos tenemos un coche que alquilamos cada vez que va a cazar.
         -Lo siento de verdad. Te prometo que yo te enseñaré todo lo que pueda sobre la equitación.

         -Gracias por ayudarme. –Llegamos a casa y comimos el ciervo que había cazado el padre de María. Dormí en el suelo, con una manta vieja, junto a María, que también dormía en el suelo. Pero no me molestó en absoluto, porque estaba ilusionada con mi nueva vida. Mañana sería otro día. 

2 comentarios: